"¿Le habré gustado?", parece preguntarse una mujer de mediana edad y piernas magras que asoman bajo un tres cuartos marrón y una falda negra por encima de las rodillas; mientras observa a los viajeros sentados frente a ella: un jubilado de gabardina blanca, traje gris y corbata fantasía que cabecea en silencio; un turista de camiseta multicolor y vaqueros raídos que mira y remira un mapa de la ciudad sin descubrir dónde se halla; una universitaria pelirroja de rostro pizpireto y cuerpo prometedor que aprieta una carpeta contra su seno sin perder de vista a un joven de cráneo afeitado y perilla negra con minialtavoces en los oídos, y, por fin, un dinámico agente de seguros de pelo engominado, terno azul y maletín con combinación.
"¿Le habré gustado?", parece preguntarse la mujer, mientras responde con monosílabos y desgana a la pregunta que le ha efectuado su compañera de viaje y trabajo y cruza y descruza las piernas con la esperanza de que él interprete ese gesto como una señal de aquiescente receptividad. Frente a ella, el jubilado ladea peligrosamente la cabeza hacia la derecha entre ronquidos intermitentes; el turista se ha quedado bizco de tanto mirar el mapa sin descubrir ningún símbolo comprensible; la universitaria ha cedido su asiento a una mujer embarazada para reunirse con el joven rapado y poder compartir audición y roces corporales y el agente de seguros hojea con gesto concentrado las páginas de un periódico color salmón especializado en noticias económicas para comprobar los suculentos dividendos que sus acciones han obtenido en la última sesión bursátil.
La mujer, que mueve las manos con desasosiego mientras gira un anillo alrededor de su dedo corazón izquierdo, continúa observando el rostro sonriente que, frente a ella, le mira desde que subió al vagón. Su pregunta permanece sin respuesta y el agente de seguros ha dejado el convoy en una estación de intercambio. En su lugar, se sienta un joven de pelo rizado, patillas de bandolero y aretes en los lóbulos de las orejas y el ala izquierda de la nariz, embutido en un mono azul en cuyo dorso puede leerse la siguiente leyenda: "LIMPIEZAS EL PULCRO S.L.- Callejón del Gato, s/n".
"¿Le habré gustado?", parece preguntarse la mujer, mientras entorna los ojos para mejorar la calidad de su vista y observar con más precisión al apuesto joven que no cesa de sonreírle y le ayuda a olvidar el piso lúgubre y desangelado que comparte con una madre anciana y malhumorada y un canario-flauta que cesó de cantar hace muchos años o aquel novio chulesco y fanfarrón que la abandonó por otra más joven y comprensiva tras la funesta experiencia en un cuarto de hotel barato donde acudieron para consumar un amor que ella arruinó al negarle el cuerpo, aún tierno e ignorante, que él tanto deseaba o la lóbrega despedida en el lujoso vestíbulo, mientras ella intentaba retenerle con la tardía ofrenda de una boca abierta. Meses después, recibió en ese mismo piso triste y sombrío su invitación de boda con una compañera de oficina que había sabido conquistarle con artes tan viejas como la humanidad.
Su acompañante la tira del brazo para indicarle que han llegado a su estación. La mujer se levanta, se ajusta las gafas graduadas y, por fin, contempla extasiada el rostro terso y despreocupado del galán que la tiene obsesionada con su mirada pura y convincente. Se ajusta las lentes y descubre el cartel publicitario en el que sobresale el rostro risueño de un modelo anónimo que desea felices fiestas a todos los viajeros en nombre de la Compañía".
Memorizado y escrito tras un magnífico viaje matutino en el metro madrileño.
sábado, 3 de marzo de 2007
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