martes, 20 de marzo de 2007

La discrepancia polìtica se considera traición y se paga con el desprecio, la negación y el descrédito. Uno o unos pocos piensan y los demás acatan y callan o pierden el favor del dominante y los privilegios que disfrute. Es una decisión democrática, dicen. Es una respuesta autocrática, parece.
La guerra de Irak debe continuar en una evidente huida hacia adelante, agotadas las excusas que la iniciaron y a pesar de los cientos de miles de muertos. ¡Algo habrán hecho!, dicen algunos demócratas. El 86% de la población iraquí desconfía de las tropas usamericanas de ocupación y los gobernantes yanquis no entienden el motivo. ¡Lógico! Encima que han ido a pacificarlos y librarlos de un monstruo como Sadam no se lo agradecen o los matan. ¡Esos iraquíes están locos!, que diría el políticamente incorrecto Obélix.
Israel puede seguir humillando a los palestinos, porque no escogen el gobierno que quieren y así, claro, no hay manera. Parece que prefieren seguir siendo blancos de sus magníficas armas. También resulta que muchos senadores usamericanos no comprenden el odio mutuo entre judíos y palestinos. Quizá, si pasasen una temporada en los territorios ocupados, entenderían el trato que sus aliados judíos les dispensan.
La Historia de la Humanidad, a veces humana, está llena de casos que demuestran la bestialidad intrínseca a nuestra raza. Muy habitualmente, las causas de las invasiones, exterminios y esclavitudes son económicas; aunque, cobardes profesionales, solemos esconderlas bajo otros argumentos tipo Helena de Troya, que, estaría muy buena, pero dudo mucho que el rey Menelao no pudiese conseguir otra u otras similares; a las que, como ella, querría para copular y exhibirlas. Es decir, la bella Helena fue una triste excusa que originó, una vez más, demasiadas muertes inocentes.
Por eso, no deja de sorprenderme que... ¡sigamos por aquí!