SADAM Y ETA, TANTO MONTA
La ejecución de Sadam Hussein sólo servirá, me temo, para radicalizar más la guerra de Irak. Los suníes, mayoría en el país, querrán vengarse en las personas de los jueces y gobernantes que condenaron a su líder, a pesar de sus crímenes y abusos inexcusables. ¡Es más! Creo que morirán muy pronto, víctimas de algún atentado suicida o mediante coche bomba o tiroteados en plena calle. Habría sido más inteligente encerrarle para siempre y dejar que el olvido cayera sobre él; pero el gobierno americano necesita carne fresca que ofrecer a sus ciudadanos para subir en las encuestas y el gobierno iraquí..., pues eso..., tan independiente como siempre.
El atentado de ETA en Barajas parece demostrar una vez más que sólo quieren y saben negociar desde sus condiciones, lo que sigue suponiendo un chantaje al resto de la población -vasca y no vasca-, que, en su mayoría, pretende vivir en paz y sin temor por sus vidas. Después de tantos años matando y extorsionando, ya deberían haber aprendido que sus planteamientos sólo llevan a dos sitios: el odio y la cárcel. Salvo que su auténtico objetivo sea continuar viviendo como vulgares delincuentes y parásitos del pueblo que dicen querer liberar, no parece claro que sus métodos y planteamientos vayan a lograr la autodeterminación; sino todo lo contrario. ¡O son muy brutos, o muy ciegos, o tienen otros intereses menos libertadores de los que dicen perseguir!
sábado, 30 de diciembre de 2006
viernes, 29 de diciembre de 2006
EL CANTOR DE COPLAS (cuento presentado al concurso de la Universidad Popular de Alcorcón y que, como siempre, ganó otro mucho mejor).
"Cuenta la leyenda que se llamaba Lázaro y que servía a maese Pedro desde que tenía memoria. Segundo hijo de unos humildes campesinos, había entado de novicio en un convento para tener una educación y una oportunidad en la vida; mas, dadas sus nulas aptitudes religiosas, los frailes se lo encomendaron a ese ciego cantador de coplas que le torturaba siempre que podía a cambio de ser sus ojos y sus manos.
Habían llegado a la villa dos días antes, tras recorrer las tierras manchegas con sus cantares de caballeros andantes y virginales damas de virtud irrepetible, para participar en su afamada justa poética. Por un módico precio, alquilaron un cuchitril en la única taberna que había en la vieja plaza, sobre el alcor. Un estrecho jergón, situado bajo la ventana, una mesa y dos taburetes de aspecto endeble componían el mobiliario de la estancia. Maese Pedro dormía sobre el camastro, mientras él debía contentarse con el sucio, duro y húmedo suelo del aposento.
Como era habitual, su amo y señor le despertó a puntapiés; cuando apenas clareaba el día. Le encargó para desayunar unas gachas y leche recién ordeñada, aunque Lázaro prefirió dos platos de sopa de ajo, para no quedarse en ayunas. Devoró su ración deprisa y corriendo, entre nuevos golpes del ciego, enfadado por no comer lo que deseaba. Tras el dispendio, entre más cachetes y pellizcos, salieron a la calle, avanzaron escasos metros y se instalaron bajo los soportales de la plaza. Lázaro desplegó las láminas que explicaban las coplas y el ciego afinó la voz y el laúd. Después, comenzó a relatar las fabulosas aventuras del invencible caballero 'Fierabrás de Balladonia' y de su terrible enemigo, el felón y cruel moro Al-Qadr.
A media mañana, Maese Pedro hizo un descanso para almorzar y le pidió la bolsa. Tras sopesarla, satisfecho, afirmó:
- ¡Tengo hambre! Compra una hogaza de pan y un poco de queso. ¡Y cuidado con engañarme, rufián, porque te eslomo!
Lázaro se encaminó hacia el mercadillo para adquirir lo mandado, pero quedó tan perplejo ante las maravillas expuestas en los numerosos puestos que olvidó el recado. No sabía adónde dirigir sus miradas ni articular palabra audible ante tantos objetos prodigiosos: astrolabios del lejano Oriente, brújulas de la recóndita China, elixires milagrosos de la misteriosa Tierra de Saba, reliquias auténticas de Nuestro Señor el Cristo, pócimas secretas que otorgaban la eterna juventud, filtros mágicos que concedían los favores de la amada, ungüentos que sanaban cualquier enfermedad, conjuros para invocar al Maligno, manos cortadas que señalaban tesoros ocultos... De repente, sus ojos infantiles descubrieron un brillo lejano, pero irresistible. Vencido, se acercó hasta él. Un gracioso elefante de vidrio bailaba en el extremo de un cordel.
- ¿Cuánto cuesta? - preguntó.
- ¿El qué, rapaz? ¿Acaso tienes dinero para pagarlo? - inquirió el comerciante.
- ¿Cuánto cuesta? - insistió Lázaro, señalando con el dedo.
- ¿El elefante? Demasiado caro para ti. Está hecho con el afamado vidrio de esta villa y tú nunca podrás comprarlo.
- ¿Cuánto cuesta?
- En fin... Veamos... Cuatro blancas y media - dijo el vendedor, pensando que era una cantidad inalcanzable para el mocoso.
Lázaro contó sus monedas, separó las que necesitaba y, después, las entregó el comerciante. Luego, guardó su tesoro entre los ropajes para que no lo descubriese el ciego y se lo quitase, compró las viandas y regresó junto a su amo y señor, quien le recibió con más cachetes y capones por retrasarse y haber comprado sólo media hogaza.
- ¡Rufián, bastardo de mil padres, falta medio pan!
- Maese Pedro, ¡no me peguéis!... ¿Qué culpa tengo yo de que no quedase más? - respondió Lázaro, cubrièndose la cabeza.
La jornada transcurrió entre nuevas aventuras inverosímiles de tan esforzados caballeros, damiselas de belleza irreal y la recogida de las limonas que los viandantes y curiosos depositaban en la bolsa que Lázaro había colocado frente a ellos.
A media tarde, empezó a llover con intensidad y se vieron obligados a refugiarse en el tabuco que habían alquilado; donde pronto se rindieron a los poderosos brazos de Morfeo, tras una cena consistente en un capón y una jarra de vino, para el ciego, y unas mondas de patatas y un poco de agua, para Lázaro.
A media noche, desvelado por los hórridos ronquidos de su amo y señor, recordó su tesoro y lo acarició en busca de consuelo frente a tan formidable estruendo. De repente, una idea muy divertida empezó a gestarse en su inocente cabecita; obligándose a reprimir una sonrisa cómplice, aunque hubiera resultado difícil despertar a Maese Pedro. Se incorporó sin hacer ruido, se acercó hasta el durmiente, asió la parte superior del cordel y comenzó a balancear el elefante de vidrio sobre los ojos cerrados del ciego, mientras musitaba: "¡Sugangangan! ¡Sugangangan!... ¡Que la oscuridad total sea vuestra eterna compañía!... ¡Sugangangan! ¡Sugangangan!". Después, sonriente y triunfal, volvió a encogerse en el suelo y dormir como un bendito hasta que le despertaron nuevos puntapiés. Maese Pedro clamaba al cielo alguna desgracia y agitaba los brazos con gesto amenazante.
- ¡Oh, Señor!, ¿Qué pecado imperdonable he cometido para que me castigues con tamaña calamidad? ¿Por qué yo, que cumplo todos tus preceptos y abono tu cepillo? ¿Qué hijo de puerca me maldijo en mi ignorancia?
- ¿Os encontráis bien, Maese Pedro? - inquirió Lázaro, mientras se frotaba los ojos.
- ¡Tú, rufián, malandrín!... ¡Has sido tú!... ¡La desgracia cayó sobre mí el aciago día en que acepté las monedas de esos taimados frailes!
- No os comprendo. ¿Qué os sucede? - insistió Lázaro.
- ¡Veo, bribón, veo!
El rapaz estalló en carcajadas y comenzó a bailar alrededor de su amo.
- ¿De qué te alegras, sanguijuela?
- ¿No os place recuperar la visión, mi señor?
- ¿De qué viviré ahora, hijo de hurgamandera? - respondió éste, enfurecido.
Comenzo a golpearle, pero, más rápido y ágil que él, Lázaro escapó corriendo hacia la calle; mientras gritaba:
- ¡Mi señor ve, milagro, mi señor ve!
- ¿El ciego? - preguntaron algunos lugareños.
- Sí, el cantor de coplas - respondió el rapaz sin dejar de correr.
Lázaro tuvo el tiempo justo de saltar a un carromato que abandonaba la villa y formaba parte de una compañía ambulante de cómicos con la que recorrió ambas Castillas durante los siguientes años, mientras Maese Pedro se vió obligado a emigrar a tierras donde no conociesen el maravilloso "milagro del alcor", convertido, siglos después, en "El milagro de Alcorcón".
Aquí termina el relato. Si alguien lo lee, espero que le guste y haga sonreír. Es su única pretensión.
"Cuenta la leyenda que se llamaba Lázaro y que servía a maese Pedro desde que tenía memoria. Segundo hijo de unos humildes campesinos, había entado de novicio en un convento para tener una educación y una oportunidad en la vida; mas, dadas sus nulas aptitudes religiosas, los frailes se lo encomendaron a ese ciego cantador de coplas que le torturaba siempre que podía a cambio de ser sus ojos y sus manos.
Habían llegado a la villa dos días antes, tras recorrer las tierras manchegas con sus cantares de caballeros andantes y virginales damas de virtud irrepetible, para participar en su afamada justa poética. Por un módico precio, alquilaron un cuchitril en la única taberna que había en la vieja plaza, sobre el alcor. Un estrecho jergón, situado bajo la ventana, una mesa y dos taburetes de aspecto endeble componían el mobiliario de la estancia. Maese Pedro dormía sobre el camastro, mientras él debía contentarse con el sucio, duro y húmedo suelo del aposento.
Como era habitual, su amo y señor le despertó a puntapiés; cuando apenas clareaba el día. Le encargó para desayunar unas gachas y leche recién ordeñada, aunque Lázaro prefirió dos platos de sopa de ajo, para no quedarse en ayunas. Devoró su ración deprisa y corriendo, entre nuevos golpes del ciego, enfadado por no comer lo que deseaba. Tras el dispendio, entre más cachetes y pellizcos, salieron a la calle, avanzaron escasos metros y se instalaron bajo los soportales de la plaza. Lázaro desplegó las láminas que explicaban las coplas y el ciego afinó la voz y el laúd. Después, comenzó a relatar las fabulosas aventuras del invencible caballero 'Fierabrás de Balladonia' y de su terrible enemigo, el felón y cruel moro Al-Qadr.
A media mañana, Maese Pedro hizo un descanso para almorzar y le pidió la bolsa. Tras sopesarla, satisfecho, afirmó:
- ¡Tengo hambre! Compra una hogaza de pan y un poco de queso. ¡Y cuidado con engañarme, rufián, porque te eslomo!
Lázaro se encaminó hacia el mercadillo para adquirir lo mandado, pero quedó tan perplejo ante las maravillas expuestas en los numerosos puestos que olvidó el recado. No sabía adónde dirigir sus miradas ni articular palabra audible ante tantos objetos prodigiosos: astrolabios del lejano Oriente, brújulas de la recóndita China, elixires milagrosos de la misteriosa Tierra de Saba, reliquias auténticas de Nuestro Señor el Cristo, pócimas secretas que otorgaban la eterna juventud, filtros mágicos que concedían los favores de la amada, ungüentos que sanaban cualquier enfermedad, conjuros para invocar al Maligno, manos cortadas que señalaban tesoros ocultos... De repente, sus ojos infantiles descubrieron un brillo lejano, pero irresistible. Vencido, se acercó hasta él. Un gracioso elefante de vidrio bailaba en el extremo de un cordel.
- ¿Cuánto cuesta? - preguntó.
- ¿El qué, rapaz? ¿Acaso tienes dinero para pagarlo? - inquirió el comerciante.
- ¿Cuánto cuesta? - insistió Lázaro, señalando con el dedo.
- ¿El elefante? Demasiado caro para ti. Está hecho con el afamado vidrio de esta villa y tú nunca podrás comprarlo.
- ¿Cuánto cuesta?
- En fin... Veamos... Cuatro blancas y media - dijo el vendedor, pensando que era una cantidad inalcanzable para el mocoso.
Lázaro contó sus monedas, separó las que necesitaba y, después, las entregó el comerciante. Luego, guardó su tesoro entre los ropajes para que no lo descubriese el ciego y se lo quitase, compró las viandas y regresó junto a su amo y señor, quien le recibió con más cachetes y capones por retrasarse y haber comprado sólo media hogaza.
- ¡Rufián, bastardo de mil padres, falta medio pan!
- Maese Pedro, ¡no me peguéis!... ¿Qué culpa tengo yo de que no quedase más? - respondió Lázaro, cubrièndose la cabeza.
La jornada transcurrió entre nuevas aventuras inverosímiles de tan esforzados caballeros, damiselas de belleza irreal y la recogida de las limonas que los viandantes y curiosos depositaban en la bolsa que Lázaro había colocado frente a ellos.
A media tarde, empezó a llover con intensidad y se vieron obligados a refugiarse en el tabuco que habían alquilado; donde pronto se rindieron a los poderosos brazos de Morfeo, tras una cena consistente en un capón y una jarra de vino, para el ciego, y unas mondas de patatas y un poco de agua, para Lázaro.
A media noche, desvelado por los hórridos ronquidos de su amo y señor, recordó su tesoro y lo acarició en busca de consuelo frente a tan formidable estruendo. De repente, una idea muy divertida empezó a gestarse en su inocente cabecita; obligándose a reprimir una sonrisa cómplice, aunque hubiera resultado difícil despertar a Maese Pedro. Se incorporó sin hacer ruido, se acercó hasta el durmiente, asió la parte superior del cordel y comenzó a balancear el elefante de vidrio sobre los ojos cerrados del ciego, mientras musitaba: "¡Sugangangan! ¡Sugangangan!... ¡Que la oscuridad total sea vuestra eterna compañía!... ¡Sugangangan! ¡Sugangangan!". Después, sonriente y triunfal, volvió a encogerse en el suelo y dormir como un bendito hasta que le despertaron nuevos puntapiés. Maese Pedro clamaba al cielo alguna desgracia y agitaba los brazos con gesto amenazante.
- ¡Oh, Señor!, ¿Qué pecado imperdonable he cometido para que me castigues con tamaña calamidad? ¿Por qué yo, que cumplo todos tus preceptos y abono tu cepillo? ¿Qué hijo de puerca me maldijo en mi ignorancia?
- ¿Os encontráis bien, Maese Pedro? - inquirió Lázaro, mientras se frotaba los ojos.
- ¡Tú, rufián, malandrín!... ¡Has sido tú!... ¡La desgracia cayó sobre mí el aciago día en que acepté las monedas de esos taimados frailes!
- No os comprendo. ¿Qué os sucede? - insistió Lázaro.
- ¡Veo, bribón, veo!
El rapaz estalló en carcajadas y comenzó a bailar alrededor de su amo.
- ¿De qué te alegras, sanguijuela?
- ¿No os place recuperar la visión, mi señor?
- ¿De qué viviré ahora, hijo de hurgamandera? - respondió éste, enfurecido.
Comenzo a golpearle, pero, más rápido y ágil que él, Lázaro escapó corriendo hacia la calle; mientras gritaba:
- ¡Mi señor ve, milagro, mi señor ve!
- ¿El ciego? - preguntaron algunos lugareños.
- Sí, el cantor de coplas - respondió el rapaz sin dejar de correr.
Lázaro tuvo el tiempo justo de saltar a un carromato que abandonaba la villa y formaba parte de una compañía ambulante de cómicos con la que recorrió ambas Castillas durante los siguientes años, mientras Maese Pedro se vió obligado a emigrar a tierras donde no conociesen el maravilloso "milagro del alcor", convertido, siglos después, en "El milagro de Alcorcón".
Aquí termina el relato. Si alguien lo lee, espero que le guste y haga sonreír. Es su única pretensión.
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