martes, 19 de junio de 2007

LA INTELIGENCIA, PARA LOS OTROS

El 11 de junio del presente año el matrimonio Robinson, residente en el estado sureño de Virginia (USA), comenzó a cumplir una condena de dos años y tres meses de prisión por haber servido vino y cerveza a su hijo de dieciséis años con motivo de su cumpleaños, para evitar que su vástago y sus amigos lo hiciesen a escondidas. Por motivos que desconozco -quizá, algún vecino consciente de sus obligaciones ciudadanas denunció el hecho-, la policía intervino y les acusó de suministrar alcohol a un menor de 21 años -que fuera su propio hijo era aecesorio-, prohibido por la ley virginiana, que, sin embargo , permite conducir, votar y comprar un arma a esa misma edad (16) y alistarse al ejército a los 18. Obviamentes, es mucho más peligroso emborracharse que poder matar a cualquiera y, desde luego, que servir a su país -y morir, si hace falta - en los múltiples conflictos que sus brillantes políticos mantienen por todo el mundo.
En el también estado sureño de Georgia, Genarlow Wilson, de 21 años, ha sido condenado a diez años de prisión -pena mínima- por agresión sexual infantil, pues, cuando tenía diecisiete, una compañera de quince le hizo una felación durante una fiesta. Aunque la susodicha declaró en el juicio que fue ella quien le propuso la mamada, el juez no consideró su declaración por ser menor de edad. El condenado también lo era, pero, por lo visto, menos que su compañera de juegos.
En Florida, un parapléjico en silla de ruedas tras un accidente de tráfico fue condenado a 25 años de prisión por falsificar las recetas médicas de los calmantes que necesita para paliar el continuo dolor que sufre. En prisión, recibe calmantes más fuertes -y más adictivos- que los que le condujeron al talego, pero no es relevante. Parece ser que defraudó al país y a sus vecinos al falsificar las recetas y eso es más importante que su estado físico.
En 1995, un hombre robó vídeos infantiles para que los vieran sus hijos pequeños. El montante ascendió a 150 dólares; pero, como ya había sido condenado anteriormente por otros robos, le cayeron cincuenta años del ala. Cuando salga, sus hijos, si aún viven, estarán hartos de ver las mismas películas. ¿Cuántos años le habrían caído, si roba películas pornográficas, o sobre el 11-S? ¿Le habrían envíado directamente al corredor de la muerte? Por si quedaban dudas, el Tribunal Supremo ratificó la condena y no la consideró excesiva. ¿Tan malas eran las películas?
En cualquier caso, reconforta saber que uno de cada ciento treinta y seis habitantes de la primera democracia del mundo están presos.
Sólo por ese motivo, y otros que me callo, agradezco a los dioses vivir en un país de segunda o tercera categoría y les ruego que nunca jamás subamos de categoría.