viernes, 9 de febrero de 2007

NUNCA ES TARDE, SI ...

No creo mucho en los líderes. A veces, ni siquiera creo en mí, pero entiendo que, para ser dirigente de masas, de una sociedad o parte de ella, se deben reunir cualidades como la honestidad, el don de gentes, el respeto hacia las opiniones ajenas, la inteligencia, el instinto para prevenir y prever los acontecimientos y sus causas reales y, quizá, cierta generosidad para admitir errores y asumir responsabilidades por los actos realizados y decisiones tomadas.
Tal vez, estas palabras resulten algo confusas; por este motivo quiero presentar un ejemplo que aclara cómo debe ser y expresarse un auténtico líder: "Todo el mundo sabía que había armas de destrucción masiva. Yo no sabía que no las había y ahora sé que no las había; pero entonces no lo sabía y ahora sí y por eso ahora sé que no lo sabía y ahora sí lo sé y por eso lo digo".
Sólo me queda añadir que podemos descansar tranquilos: con los líderes semejantes, ¡ESTAMOS SALVADOS!

domingo, 4 de febrero de 2007





Creo que repetimos actos y frecuentamos a las mismas personas -familiares aparte-, porque dan un sentido a nuestra existencia y, por tanto, seguridad; también, nos permiten olvidar la fragilidad básica de la existencia. Por eso no comprendo algunas decisiones, como la de esa mujer -usamericana, creo- que envenena al hombre con el que tuvo cuatro hijos para cobrar el seguro de vida y pagarse una operación de aumento de pecho para poder participar en un concurso de "Miss Camisa Mojada". Algo falla, me parece. Como algo falla, cuando todos nos oponemos a lo mismo por separado y atacamos al que nos dirige, bien o mal, según los gustos, y no a quien nos extorsiona o elimina. Algo sigue fallando o tanta inteligencia no puede ser buena. A veces, se hace difícil comprender a ciertos semejantes, o eso dicen. Nuestras palabras afirman una realidad y nuestros actos, otra; a veces, contraria. Lo llamamos hipocresía o cinismo, pero, en realidad, estamos expresando nuestro escándalo por no respetar las normas de juego como hacemos, o eso creemos, todos los demás. El caso más doloroso es el de aquellos políticos que prometen o afirman algo con una sonrisa de vendedor -lo que son, en definitiva-, mientras, por la espalda, ejecuta lo contrario para beneficio propio o de su partido. A los demás, les queda el recurso del pataleo o la denuncia judicial ante los tribunales por parte de sus colegas de profesión, no siempre inmaculados. Entonces, puede darse el caso de que no se tomen medidas, porque todos tenemos algo qué callar, y, también, porque no existen mecanismos que permitan su expulsión de la política y de la vida pública, como hacían los griegos y su conocido ostracismo. Por tanto, estamos en un estado de cosas en que resulta más escandaloso castigar al delincuente o al desahogado que el delito cometido por éste. Desde ese punto de vista, la democracia, o lo que tenemos, falla; pues, si no castiga a todo aquél que incumple las normas en detrimento de la mayoría o de lo público, le convierte en impune y le convence de que, dado su cargo o status político, puede hacer lo que quiera; pues ningún poder se lo impedirá. Es decir, parece que hay democracia para algunos y privilegios para otros; lo que resulta profundamente antidemocrático.
Por eso parece más razonable ocuparse más de la res pública, es decir, de lo público y común, desde un marco legal que impida el abuso y no titubee a la hora de castigar al delincuente, sea quien sea y se llame como se llame. Por ese motivo, y otros tan obvios, parece razonable la república.