Ayer concedieron el Premio Príncipe de Asturias de las Artes a Robert Allen Zimmerman, Bob para los amigos. Parece ser que ese pequeñajo, arisco y malencarado cantautor nacido en Minesota y que tomó su apellido artístico del nombre de un poeta inglés es un genio y representante o símbolo de varias generaciones, entre las que se encuentra mi amigo Manolo, de Ponferrada, y el que suscribe; aunque no sea santo de mi devoción. Sin embargo, no tengo pudor en reconocer que ha tarareado -mi inglés me impide hacer otra cosa- varias veces sus canciones y he creído que la respuesta está en el viento; aunque ignore cuál es la pregunta.
Aún recuerdo a los puristas -¿quiénes son ellos -sean quienes sean- para decidir el rumbo y la expresión que elige un artista, cada artista, en su desarrollo o camino creativo?-, rasgándose las vestiduras, porque el señor Bob Dylan se presentó en Woodstock, creo, con un acompañamiento eléctrico y nuevos arreglos para sus viejas canciones. Los tiempos cambian continuamente, lo dijo Einstein, y Woody Guthrie merecía ser superado, como todo antecedente o inspiración que se precie.
Pero, en este caso concreto, aplaudo la concesión del premio asturiano al señor Dylan, porque, entre otras consecuencias, ha hecho feliz a mi viejo amigo Manolo -y a mí, de paso-, ese mismo compañero de maniobras y farras que viajó desde su Ponferrada natal para escuchar al gruñón, y conmovedor, Van Morrison en unas fiestas de san Isidro, cuando gobernada Tierno y Madrid era una ciudad alegre, confiada y llena de iniciativas; aunque... muy poco popular. Desde entonces, no levanta cabeza y se transforma cada día que pasa en un lugar apresurado, hóstil y agresivo, por obra y gracia popular.
Han sido muchos los que, siguiendo el ejemplo del señor Dylan, han interpretado canciones con una guitarra y una armónica colgada del cuello, convertidos en portavoces de sus amigos, de sus grupos, de sus ideales, de los insaciables anhelos de paz y libertad -conceptos tan inalcanzables, parece ser-, de progreso y democracia, de justicia e igualdad, en definitiva; como todas aquellas veces en que Manolo y yo tarareámos sus temas, mientras recorríamos las hermosas y acogedoras tierras del Bierzo y Laciana. Por este simple motivo, por el difícil hecho de que Manolo y quien suscribe sigan soportándose -y apreciándose- tras veintitantos años de amistad, aplaudo la decisión de la fundación asturiana.
Considerando el premio a Dylan un magnífico antecedente, espero que le sigan el citado Van the Man y mis glorificados Pink Floyd, cuyo concierto en el Manzanares mantengo vivo en mi memoria como uno de los hitos de mi existencia, ¡imperecedera, espero!
jueves, 14 de junio de 2007
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