Hace unos días, mis cándidos ojos se fijaron en un librito del señor Pedro Voltes que no leía desde hace varios años. Se titula "Historia de la estupidez humana" y resulta muy reconfortante leerlo de vez en cuando para hacer una cura de humildad. El autor, erúdito y bien informado, desgrana una serie de hechos históricos que demuestran la inalterable estupidez que nos acompaña desde que nos creémos racionales. Por fortuna, sonreímos al conocer las decisiones y actos que realizaron en otro tiempo, ahora, nuestros semejantes. Debe ser un mecanismo de autodefensa o irreflexión. Es decir, ¡los tontos son los otros!
Especial interés me ha producido siempre el capítulo dedicado a los juicios en que el reo era un animal, costumbre bastante extendida por Europa hasta el siglo XVIII, si bien ya lo practicaban los griegos. He aquí algunos ejemplos:
- La ley germánica reconocía el derecho de los animales a participar como testigos en los juicios, sobre todo en los casos de robo nocturno y ausencia de testigos humanos. En ese caso, el asaltado podía presentarse en la sala del tribunal con el animal en brazos llevando tres pajas del techo como símbolos de la casa. Dónde encontrarían un traductor para los gruñidos del animal, si es que hablaba, sigue siendo un misterio sin resolver.
- Cuando un animal había causado la muerte a una persona, se le apresaba y encarcelaba. Se señalaba un abogado y un fiscal, se buscaban testigos, se oía el caso en el tribunal y se condenaba al animal por homicidio involuntario. La sentencia era la muerte, mediante horca o fuego.
- En 1457, una cerda y sus seis lechones fueron acusados de haber matado a un niño y habérselo comido en parte. La madre fue condenada a muerte, pero las crías fueron absueltas, alegando su corta edad, el mal ejemplo de su puerca madre y la suposición de que no habían participado en el festín. Bien aconsejados por su abogado, los lechones no dejaron de gruñir para manifestar al tribunal su desaprobación de los hechos.
- En la Francia revolucionaria de 1793, un perro fue ejecutado por sus ideas políticas. Pertenecía a un inválido que le había enseñado a ladrar a cualquier desconocido. Su desgracia fue ladrar a un hombre del nuevo régimen, lo que les hizo pensar que tanto el can como su dueño eran contrarios a la revolución. Para salir de dudas, ejecutaron a los dos.
- Un caso más cercano y también protagonizado por un perro, sucedió en el Madrid de Godoy, insigne Príncipe de la Paz. El cándido can se paseaba por la ciudad con un rótulo en que se leía: "¡Soy de Godoy! No temo nada". Ofendido el favorito, ordenó su ingreso en una prisión militar, donde el animal pereció.
En el citado libro del señor Voltes hay más ejemplos de la inteligencia humana. Nos harán sonreír y reír abiertamente, pero, sobre todo, deberían hacernos reflexionar y preguntarnos cómo hemos podido llegar hasta aquí con semejantes semejantes.
martes, 5 de junio de 2007
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