sábado, 23 de diciembre de 2006

¡Navidad, Navidad, dulce Navidad!.... Como borregos bien amaestrados acudimos a mercados, belenes, misas y programas televisivos especiales sin pensar en lo qué hacemos o porqué lo hacemos. Es Navidad -han dicho que lo es- y, acéfalos ejemplares, acudimos a todos los lugares estipulados para estas fechas y gastamos lo que no tenemos para que en nuestras casas no falte lo que han dicho que no puede faltar. ¡Viva la inteligencia! ¡Viva la individualidad! ¡Viva la independencia!
Entretanto, mantenemos otra gran tradición navideña: el abusivo aumento de los precios. Por lo visto no puede evitarse, no vaya a enojarse el niño que nacerá en Belén; al que, por cierto, poco debe importarle su tierra natal, visto el belén que lleva tolerando desde hace demasiados años. ¿A ver si todo es un montaje para que nos pongamos ciegos y beodos con la excusa de...? ¿A ver si vamos a ser unos paganos degenerados que se emborrachan por cualquier excusa, sin ninguna excusa, hartos del belén cotidiano en que sobrevivimos? ¿A ver si todas las religiones y sus representantes no son más que una panda de parásitos que nos chupa la sangre y dirige nuestras vidas? ¿A ver si no somos tan adultos como creemos? ¿adultos simplemente? Me gustaría saber que relación existe entre los petardos y las tracas con el nacimiento de un dios. Siendo serios, deberíamos festejar al buey -como los egipcios-, en vez de devorarlo en nuestras mesas. Pero, ¡Navidad, Navidad, dulce Navidad! A desbarrar y ponerse pedo, porque toca; aunque no sepamos porqué toca o nos dé igual.
¿A ver si...?

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